abril 15, 2026
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Más allá del plato: cómo comemos

Prestamos atención a qué comemos, observamos qué alimentos son o no saludables, hacemos cambios en nuestras cestas de la compra, estamos siempre pendientes de las noticias sobre alimentación… pero ¿cómo comemos? ¿Nos fijamos en el momento de la comida, en el acto de comer en sí, o solo en el contenido del plato?

Según estudios, el uso de dispositivos móviles durante la comida disminuye la atención a las señales internas. Muchas personas, cuando comen solas, consideran que comer es un mero trámite antes de pasar a la siguiente acción, en un mundo tan enfocado a la productividad. Esto hace que no pongan el foco en la manera de comer, sino solo en lo que eligen comer.

El impacto del móvil en la mesa

Comer con el móvil en la mano, viendo redes sociales y contenidos de menos de un minuto impactan en la atención. Esto hace que se coma más rápido y, puesto que se desconectan de sus señales de hambre y saciedad, permanecen hiperconectados al exterior, ya sea por el móvil, el trabajo o cualquier otro estímulo.

Se consume más cantidad de comida, cifrándolo en aproximadamente un treinta por ciento más de calorías cuando se come con el móvil, y lo más importante: interfiere en esa regulación interna. Básicamente, cuando se come con el teléfono en la mano, desatendemos nuestra hambre y damos por finalizada la ingesta cuando se acaba la comida, pero eso no quiere decir siempre que estemos saciados, y mucho menos satisfechos.

La saciedad tarda una media de treinta minutos en registrarse en el centro de esta, que se encuentra en el hipotálamo. Por lo tanto, si se come en intervalos menores de tiempo, no se llegará a percibir, y esto puede ocasionar picoteos posteriores. Cuando comemos distraídos, también cambia la percepción sensorial de los alimentos: notamos mucho menos su sabor, la textura e infravaloramos la cantidad consumida. Todos estos factores están creando nuevos patrones alimentarios en nuestra sociedad.

Emociones y elecciones alimentarias

Por otro lado, cambia mucho la experiencia de comer de manera solitaria o acompañado. Comer en compañía puede modificar la velocidad, la duración y la cantidad de la ingesta. La ingesta suele aumentar cuando el contexto social permite más tiempo para repetir platos, mientras que puede acortarse y comerse más rápido si el comensal se siente observado y/o juzgado.

El estado emocional interfiere de manera directa en las elecciones alimentarias. Cuando hay estrés, ansiedad, aburrimiento o tristeza, las elecciones alimentarias se inclinan hacia opciones más palatables y de mayor densidad energética. Si las emociones son muy intensas, se eligen los alimentos de una manera más impulsiva y menos consciente. Es imposible desvincular la función de regulación emocional que ejerce la comida sobre nosotros, ni analizar la alimentación sin tener en cuenta este factor.

Por tanto, no basta con evaluar la calidad nutricional de los alimentos. La manera de comer depende del entorno, el tiempo disponible, el nivel de estrés, la compañía, el uso de dispositivos digitales y la relación con el propio cuerpo. Comer rápido, distraído o bajo presión no es irresponsabilidad individual, sino reflejo de un estilo de vida que dificulta la conexión con las señales internas.

Conectar con el acto de alimentarse

Por eso, mejorar la alimentación no pasa únicamente por decirle a la gente qué debe comer, sino también por preguntarnos cómo está comiendo, en qué condiciones lo hace y qué lugar ocupa la comida en su día a día. Solo cuando ampliamos la mirada y dejamos de reducir la nutrición a una lista de alimentos saludables o no saludables, podemos acompañar de forma más realista, más humana y también más eficaz los cambios en la conducta alimentaria.

En definitiva, para entender la alimentación de una persona no basta con mirar el plato; también hay que mirar el contexto en el que se come.

(Con información de agencias)

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