febrero 24, 2026
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Encajar… ¿a cualquier precio o elegir vivir?

Encajar. No se trata de meter algo o ajustarlo a alguna cosa, o quizá sí, metafóricamente hablando. Cuando Jorge y Lázaro quisieron encajar, se referían a eso: a estar dentro del grupo, a acercarse al esquema de éxito que legitiman como tal, a ser parte de aquellos, a estar… Sin embargo, consiguieron lo contrario.

Si encajar querían estos muchachos, entonces se decidieron a probar eso. Sí, eso, de lo que no hablan a viva voz, pero que otros como ellos entienden bien de qué se trata. Y si antes salir con sus amigos bastaba para sentirse bien, ya no les era suficiente. Ni bailar, conversar, reír o tomarse una cerveza. Si no había droga en el ambiente, ¿para qué ir?, se preguntaban.

«La droga me arrebató todos mis sueños», aseguró Jorge, y le creemos. Al hablar, es honesto. Cuenta que estuvo en hospitales, cárceles y «en ese túnel del que se habla en las películas, que conduce a la muerte». Los expertos avalaron un brote psicótico que lo llevó a ingresar en el Hospital Psiquiátrico de La Habana. No podía vivir sin la maldita sustancia.

Lázaro, más tímido que seguro, obviamente quería ser incluido en los grupos de sus colegas, de sus compañeros de aula, de los más populares. Le dieron a probar… y probó. Ya después, fue un hábito durante una década.

«Pude terminar la escuela a duras penas. Mi vida consistía en buscar dinero para consumir», recuerda. Hablar con sus padres era muy duro; pero ellos ahora saben por qué desaparecían objetos de la casa, por qué el dinero nunca le alcanzaba, por qué vendía su ropa…

Lo mejor fue que pidió ayuda cuando se percató de que estaba al límite, y ese es el primer gran paso. Después, es tener plena conciencia del daño que se hace a sí mismo y, sobre todo, a los demás que le quieren. «Mi mamá llegó a la casa y me encontró drogado. Fue ella quien me llevó al Hospital Psiquiátrico de La Habana».

La certidumbre de levantarse

Ninguna rehabilitación es fácil, y menos cuando se trata de desprender una adicción del cuerpo y la mente. Ambos, Lázaro y Jorge —quienes contaron sus historias en el espacio radio televisivo Mesa Redonda—, fueron recibidos por otros como ellos que, en esa institución hospitalaria, se enfrentan cada día a sí mismos.

«Cuando entré, me amarraron a una cama y me medicaron. Pasé diez días de abstinencia. Tenía muchas secuelas», cuenta Jorge, y en sus ojos se distingue la vergüenza de quien reconoce que estuvo a punto de perder lo más preciado.

Se inspiró en otros jóvenes ingresados que estaban progresivamente dándole sentido a su vida. Puso de su parte y entonces su recuperación fue más rápida, e incluso contribuyó a la de los demás.

Lázaro, como Jorge, vivió una experiencia similar. Acompañó a los otros, sintió la fuerza de un abrazo, tendió su mano y comprendieron que juntos pueden marcar la diferencia.

Nuestra prioridad

Si un país otorga esfuerzos e importancia a la rehabilitación de adolescentes y jóvenes como Lázaro y Jorge, que cruzaron la frontera de la droga, y a la erradicación definitiva del flagelo en nuestra sociedad, ese es Cuba.

De ahí que uno de los propósitos en los últimos años ha sido la ampliación de los programas de deshabituación, especialmente para la población infanto-juvenil, destinando recursos y esfuerzos a estas iniciativas como parte de las prioridades del Ministerio de Salud Pública en la prevención y tratamiento de adicciones.

Cuba cuenta ya con una red integral de servicios para la atención de adicciones, que incluye 175 departamentos de Salud Mental, 17 hospitales psiquiátricos, servicios de psiquiatría en hospitales pediátricos y clínico-quirúrgicos, además de dos centros de deshabituación para adolescentes en La Habana y Santiago de Cuba.

La promoción y educación para la salud también son prioridades, con materiales audiovisuales, gráficos y actividades de prevención en comunidades.

Volver a la sociedad

Volver a la sociedad, de la que se enajenaron completamente, tampoco ha sido sencillo. Algunos les acuñan el estigma, pero la mayoría les ayuda a salir adelante.

Jorge comenzó a estudiar gastronomía internacional en el proyecto La Moneda Cubana, manteniendo el vínculo con el hospital, y Lázaro también se incorporó. No se mantienen distantes: están presentes para quienes los necesiten. Ya no quieren ser parte del problema, sino de la solución.

Lo mejor que pudo pasarles fue tener la fuerza de voluntad para reconocer que estaban equivocados y solicitar ayuda. La adicción es una enfermedad que no desaparece del todo, pero depende de cada cual dejar que te domine o vivir a plenitud.

Lo que les motivó a encajar, hoy les permitió desencajar y, en todo caso, aferrarse a la vida.

¿Qué aprendemos de Jorge y Lázaro?

¿Cuántos como Lázaro y Jorge no pueden estar ahora mismo caminando por nuestros barrios, entrando a nuestras casas o sentados en nuestra mesa familiar? A veces, incluso de las mejores crianzas y entornos más seguros surge el dolor, porque se conjugan varios factores y el sentirse infalible ante una probadita abre la puerta hacia un oscuro sendero.

Encontremos a los que, como ellos, necesitan de nuestra ayuda. Estemos ahí para ofrecer confianza, apoyo y atención. Mostrémosles que su vulnerabilidad puede transformarse en resiliencia.

Démosles la seguridad, la paz y la aceptación que necesitan para retomar sus estudios, sus trabajos, sus relaciones humanas, su vida. No juzguemos. Y si es posible, contemos sus historias para que otros no crean que multiplicamos sermones.

Lázaro y Jorge son capaces de hacerlo. Su verdadera valentía está en saberse vulnerables, pero no darse por vencidos. De eso se trata.

(Con información de Juventud Rebelde)

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