“Cuarto bien cerrado, una mano en el móvil con la cámara frontal encendida y la otra explorando el cuerpo para que, del otro lado, tu pareja se excite”. Así describe Abel el sexo a distancia, una práctica cada vez más frecuente en las relaciones modernas, sin importar edad o tipo de vínculo.
El llamado sexting comenzó con simples textos, pero hoy incluye fotos, videos, audios y hasta videollamadas. El auge tecnológico y la pandemia de COVID-19 impulsaron esta forma de intimidad en los últimos años, con todo lo bueno y lo complicado que traen las pantallas.
“La picazón funciona casi instantáneamente de ambos lados, supongo que sea por la dificultad de concretar físicamente el encuentro”, relata Joana. “La lejanía obliga a innovar, idear formas diferentes, ponerle humor, picardía y un extra que la “comodidad” de la cercanía a veces apaga. Es divertido y emocionante, pero a veces desconcierta”.
Para Humberto fue una buena experiencia: “Al principio mucho enamoramiento y solo palabras. Después se pasa al texto más picante y, por qué no, a cámara… Pero cuando vives el momento te llenas de muchas cosas: extrañarse, pensar qué hace, verla por pantalla y no poder tocarla”.
Yaíma recuerda que lo emocional fue tan fuerte que al inicio opacó el deseo y lo vivió como un idilio adolescente. “Luego de encontrarnos en persona se activó muchísimo la parte sexual y después sí tuvimos mucho sexting”.
En un encuentro con estudiantes de la Universidad de La Habana, la psicóloga Carla Padrón Suárez, especialista del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), destacó como posible ventaja de estas prácticas el desarrollo de una comunicación erótica más asertiva: “Puedo mostrar cómo siento mejor, cuáles son mis zonas erógenas favoritas, y abrirme incluso a que mi pareja me haga explorar otras”.
La experta insistió en que debemos aprender a respetarnos y aceptarnos, vivir el placer siendo fieles a lo que somos y habitar el cuerpo sin violencia.
Claro que el sexo virtual no es perfecto. Yary reconoce lo difícil que resulta lidiar con el deseo de algo más carnal en una relación exclusiva. “Habría que adaptarse a la masturbación para aplacar esas ganas… ¿Y acaso luego les irá bien en equipo?”.
Abel recuerda que antes de casarse tuvo una relación virtual con un chico muy sociable. “Durante las citas, mientras me susurraba cosas excitantes, entraban campanazos de otros mensajes. En fin, perdí la motivación y por poco me quedo sordo de ese oído”, cuenta divertido.
Gisela, por su parte, habla de un novio a quien perdió la pista por años y reencontró en Facebook. “Me pidió una relación a distancia y le dije que no. Ya no me resulta interesante. Además, está casado y tiene una hija”.
De ahí la importancia de explorar perfiles antes de enviar imágenes o hacerse ilusiones. Tal vez la intención sea genuina, pero nunca se sabe qué podría ocurrir con esos archivos si alguien más los descubre.
Seguridad y consentimiento
Para evitar riesgos, los especialistas recomiendan:
- Bloquear y encriptar el celular.
- Añadir contraseñas adicionales a la galería.
- Desactivar la copia automática en Google Fotos u otras apps.
- Usar opciones de “una sola vista” y mensajes temporales en WhatsApp y Telegram.
- Evitar mostrar rasgos identificables como rostro, tatuajes o marcas de nacimiento.
Como en el sexo tradicional, el consentimiento es esencial. Exigir o imponer materiales íntimos constituye acoso sexual, y la amenaza de difundirlos sin permiso es un delito.
Con todos los sentidos
No siempre la acción es simultánea: a veces solo mirar resulta estimulante para quienes prefieren lo visual. Una lectora contó su grata impresión al ver a otra mujer autosatisfacerse sin descuidar la ternura y la confianza mutuas.
Ese tipo de intimidad necesita complicidad y sentirse a gusto con la otra persona, aun cuando no esté físicamente presente. Y si la desnudez ante una cámara no es lo tuyo, existen alternativas para alimentar el amor a distancia: textos ardientes, juguetes sexuales guiados por voz o incluso dispositivos que replican movimientos.
También se puede expandir la imaginación narrando escenas, describiendo detalles en lenguaje sugerente o enfatizando la respiración y sonidos en momentos de gran excitación.
Gisela valora mucho lo auditivo: “Un audio del mejor momento se puede escuchar varias veces… Un preámbulo de varios días por redes permite un encuentro físico muy bueno”.
Aura prefiere los desafíos sapiosexuales: encontrar mensajes ocultos en un meme, «citarse» en lugares públicos, reconocer partes de sus cuerpos en fotografías macro, leer poemas… Otros incorporan juegos de roles, como Nelson, que con su novia se atreve a cambiar de género o actuar como desconocidos, siempre con máscaras en videos y fotos.
Mellisa confiesa no haberse sentido antes tan conectada con alguien, pese a las diferencias físicas, culturales, idiomáticas. «Una aprende a valorar al otro, sus sentimientos y los propios. Al inicio era pura “sapioatracción”, después fue naciendo la atracción sexual hasta que ambas se fusionaron. Ella detestaba el sexting, pero lograron una versión que les funciona y está agradecida porque, por primera vez, vive esa «luna de miel» de los primeros meses de manera integral. «No es solo devorarnos la piel, y eso lo estoy disfrutando mucho».
(Tomado de Juventud Rebelde)






