Durante casi tres milenios, la historia de Odiseo ha sido una de las grandes matrices narrativas de Occidente: un rey lejos de casa, una guerra que no termina del todo, un viaje de regreso lleno de monstruos, dioses, tentaciones, pérdidas y disfraces. Este viernes, La Odisea llega al cine de la mano de Christopher Nolan, en una adaptación rodada para pantallas IMAX y protagonizada por Matt Damon. Pero antes incluso de su estreno, la película ya había abierto otro viaje: el de cómo traducir hoy a Homero sin convertirlo en una pieza de museo.
Una parte importante del debate gira en torno a Emily Wilson, profesora de estudios clásicos en la Universidad de Pensilvania y autora de una de las traducciones recientes más influyentes de La Odisea. Publicada en 2017, su versión fue la primera traducción completa del poema al inglés realizada por una mujer y se convirtió muy pronto en un hito cultural, tanto por su accesibilidad como por su forma de revisar algunos automatismos heredados de siglos de lectura masculina del canon.
La discusión empieza en el primer verso. En el griego original, Homero describe a Odiseo con el epíteto polýtropos, una palabra difícil de fijar en otro idioma y asociada a la astucia, los giros, el cambio y la capacidad de adaptación. Otras traducciones habían optado por fórmulas más solemnes. Wilson, en cambio, abrió su versión con una frase de una claridad desconcertante: “Háblame de un hombre complicado”.
Nolan ha citado esa apertura como una de las claves que le ayudaron a pensar al personaje. Lo que parece interesarle no es tanto Odiseo como monumento heroico, sino como estratega, superviviente y figura moralmente ambigua: alguien capaz de inventar soluciones, manipular situaciones y atravesar el mundo sin dejar de ser, precisamente, difícil de reducir a una sola lectura.
Esa palabra, “complicado”, se convirtió también en una de las primeras grietas de la polémica. Para algunos lectores, rebajaba la épica del héroe y lo acercaba demasiado al lenguaje psicológico contemporáneo. Para otros, hacía justo lo contrario: devolvía a Odiseo su inestabilidad original, su condición de personaje brillante, tramposo, adaptable y peligroso. Wilson ha defendido en varias ocasiones que su objetivo no era modernizar a Homero por capricho, sino recuperar la velocidad, la claridad y la energía narrativa del poema.
La polémica pasó de la página a la pantalla cuando los avances de la película dejaron ver un uso deliberado de un inglés contemporáneo. Algunos espectadores criticaron que los personajes sonaran demasiado actuales para una historia antigua, especialmente por expresiones familiares como “dad” o “daddy” y por la decisión de evitar el acento británico solemne que Hollywood ha asociado durante décadas a los relatos grecolatinos.
Pero esa convención tampoco es históricamente neutra. Que el mundo antiguo suene británico en el cine responde más a una tradición teatral y cinematográfica que a una verdad lingüística. Nadie espera, en realidad, una reconstrucción exacta del griego homérico en una superproducción estadounidense. Lo que está en juego es otra cosa: qué tipo de distancia queremos poner entre nosotros y los clásicos, y hasta qué punto esa distancia se confunde con respeto.
El trabajo de Wilson también ha sido decisivo en otra discusión: la forma en que las traducciones han tratado a los personajes femeninos y a las personas esclavizadas del poema. Uno de los ejemplos más citados está al final de La Odisea, cuando Telémaco ordena la ejecución de las esclavas que habían sido asociadas a los pretendientes. Algunas versiones inglesas del siglo XX recurrieron a términos sexualmente despectivos para nombrarlas. Wilson, en cambio, ha insistido en que ese desprecio verbal no está en el griego original y que la traducción no debe añadir una condena moral que el texto no formula de ese modo.
Ese gesto no elimina la violencia del poema. Al contrario, la hace más visible. Al llamar “esclavas” a quienes durante mucho tiempo fueron traducidas como criadas o sirvientas, Wilson no suaviza el mundo de Homero, sino que recuerda una dimensión brutal de su orden social. Su traducción no convierte La Odisea en un texto feminista moderno, pero sí obliga a leer con más cuidado qué pertenece al poema y qué ha sido añadido por quienes lo han transmitido.
La adaptación de Nolan ha heredado parte de esa disputa. El fichaje de Lupita Nyong’o como Helena de Troya provocó una oleada de críticas en redes por parte de quienes vieron en la elección una concesión a la diversidad contemporánea. Elon Musk llegó a acusar al director de haber “profanado” La Odisea, una reacción que convirtió el reparto de la película en otro campo de batalla sobre quién tiene derecho a imaginar los mitos clásicos.
Detrás de esas discusiones aparece una pregunta más amplia: qué significa llamar a Homero “fundamento de la civilización occidental”. Para algunos, esa etiqueta funciona como una forma de protección patrimonial, como si los poemas homéricos pertenecieran a una línea pura e inmutable. Para otros, resulta una simplificación peligrosa. La Odisea ha sobrevivido precisamente porque ha sido traducida, reescrita, adaptada, discutida y apropiada por épocas muy distintas.
La propia historia del poema desmiente cualquier idea de estabilidad absoluta. Antes de ser un libro, La Odisea fue una tradición oral. Antes de llegar al cine, pasó por manuscritos, ediciones, traducciones, teatro, ópera, novela, televisión y cultura popular. Cada época ha encontrado en Odiseo algo distinto: el héroe astuto, el exiliado, el marido ausente, el mentiroso, el veterano traumatizado, el aventurero, el colonizador, el padre que no llega, el hombre que siempre encuentra una manera de volver.
Por eso la traducción de Wilson y la película de Nolan no cierran el debate, sino que lo actualizan. La cuestión no es si Homero debe sonar antiguo o moderno, sino qué entendemos por fidelidad. A veces, mantener una solemnidad heredada puede ser tan infiel como usar un coloquialismo. A veces, una palabra aparentemente sencilla —“complicado”— abre más capas que una fórmula noble y lejana.
El resultado es que La Odisea vuelve a ocupar el centro de la conversación cultural, no como reliquia, sino como texto incómodo. La película de Nolan podrá convencer más o menos, y la traducción de Wilson seguirá teniendo defensores y detractores. Pero ambas comparten una tesis: los clásicos no están vivos porque permanezcan intactos, sino porque cada generación vuelve a discutir con ellos.
Cuando el público se siente ante la pantalla IMAX, encontrará un Odiseo marcado por la guerra, un Telémaco que busca a su padre y un poema antiguo filtrado por las obsesiones de nuestro presente. El mar seguirá siendo oscuro como el vino. El héroe seguirá siendo múltiple. Y el viaje de regreso, como siempre, no tratará solo de volver a casa, sino de descubrir qué queda de uno mismo después de haber tardado demasiado en llegar.
(Con información de agencias)




